La oración

Disponernos a la oración con ánimo y liberalidad

Todo acto de oración comienza con un «heme aquí», «aquí nos tienes», dirigido a la realidad invisible con la que el que ora quiere comunicarse. Los maestros de la vida espiritual dicen que hay que comenzar por «ponerse en la presencia de Dios». No es exactamente hacer acto de presencia.

La oración

«La oración es una fantástica historia de amor. Es la experiencia vivida por dos amantes (Dios y la criatura), propia de un afecto llevado al más alto grado de amistad que acontece en el intercambio de lo que se es y lo que se tiene. En esta clave de lectura deben leerse determinadas páginas de la Sagrada Escritura: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz  y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap. 3, 20). «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (Jn. 6, 56). La oración se convierte entonces en iluminación, en sustancioso alimento espiritual que proporciona vigor, fuerza, pasión y solución a todo problema.Y naturalmente, cada uno de nosotros está llamado a esta maravillosa experiencia.»

¿Por dónde comenzar?

La experiencia de oración nos hace santos. A muchos, les da urticaria cuando leen estas cosas porque tienen miedo de ser santos. A muchos, esto les suena a algo medieval. No!  el Espíritu nos invita a ser santos porque nos comprometemos con la vida, con la realidad porque Dios está en la espesura de la realidad. A esta cultura que todo lo quiere ya! no les conviene ser santos. Prefieren la comodidad y piensan que la vida es «copia y pega». Seamos  Santos, ¿por qué? porque el santo, desde la oración,  encuentra mil formas, aun revolucionarias, para llegar a tiempo allá donde la necesidad es urgente; el santo es audaz, ingenioso y moderno; el santo no espera a que vengan de lo alto las disposiciones y las innovaciones; el santo supera los obstáculos y, si es necesario, quema las viejas estructuras superándolas;  pero siempre con el amor de Dios y en absoluta fidelidad a la Iglesia a la que servimos humildemente porque la amamos apasionadamente.

NADIE PUEDE FORZAR ESTAR EN LA PRESENCIA DE DIOS

Se trata de reconocerse en la presencia, es decir, presentarse requerido por una previa presencia que nos envuelve. El hombre no puede forzar esa Presencia, pero necesita disponerse a ella para que ocurra. El presupuesto para ello es «la disposición del hombre entero a aceptar esa Presencia, la simple espontaneidad sin reservas, el volverse hacia ella» (Martín Buber). «Quien no está presente —dice el mismo autor— no puede percibir Presencia alguna».

Ahora voy hacia ti; y les digo esto mientras estoy en el mundo para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.  Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió, porque no son del mundo, igual que yo no soy del mundo.  No pido
que los saques del mundo, sino que los libres del Maligno. No son del mundo,
igual que yo no soy del mundo.  Conságralos con la verdad: tu palabra es verdad. 

Como tú me enviaste al mundo, yo los envié al mundo.  Por ellos me consagro, para que queden consagrados con la verdad. No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno, como tú, Padre,
estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.  Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno; para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí.  Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria, la que me diste porque me amaste antes de la creación del mundo.  Padre justo, el mundo no te ha conocido; yo te he conocido y éstos han conocido que tú me enviaste.  Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos.»

La oración: experiencia mística

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