TÍTULO DEL ARTÍCULO: Conversiones para nuestro tiempo
Autor: José Ignacio Gonzálesz Faus
FUENTE: REVISTA MANRESA vol. 93 (2021) pp. 263-272
Me siento más lego en este tema que en el anterior. Pero con información suficiente como para afirmar que ningún cristiano debería negar hoy la amenaza ecológica que, además, es amenaza muy seria. Aunque sea verdad que el planeta ha sufrido en épocas lejanas otros calentamientos y otras crisis, no debidas a la mano del hombre, lo innegable de la crisis actual es que el ser humano tiene una gran responsabilidad en su superación. Y todos los protocolos adoptados hasta ahora (Kioto, París, etc.) solo han sido bellas palabras de mal pagador: como si pretendiéramos tratar el cáncer con aspirinas. El daño ecológico amenaza sobre todo a la especie humana: a nuestros hijos y nietos. El planeta subsistirá como sea. La humanidad podría desaparecer como los dinosaurios: por su mismo crecimiento desproporcionado.
Para contextuar este apartado retomo una especie de “mapa teológico global” del que he hablado otras veces; hay tres experiencias válidas de Dios: en la propia intimidad (típica del Oriente: el “atman” hindú), en la naturaleza (típica del continente americano) y en la historia (propia del mundo cristiano). He insistido también en que esas tres experiencias se necesitan: un Dios en la historia que no brote de la experiencia de la propia intimidad (“el Espíritu que habita en nosotros”), resultará siempre más prometeico que humano, y su peligro será destruir la naturaleza en vez de conservarla. Pero un Dios sólo en la propia intimidad, ajeno a la construcción de la historia se expone a justificar la existencia de los parias. Y un Dios en la naturaleza que no lleve a la historia se expone a negar todo progreso. Las tres experiencias se necesitan; ahora nos interesa la indoamericana: la de la Pachamama o el “padre sol”: “los cielos cantan la gloria de Dios” (Salmo 19), pero es responsabilidad del hombre preservar ese canto y mantenerlo afinado.
Desde aquí, el imperativo ecológico que deben proclamar todas las iglesias es aquello que Ignacio Ellacuría calificaba como una civilización de la sobriedad compartida (“civilización de la pobreza” decía provocativamente Ellacuría), como única solución posible para nuestro planeta. Francisco habla en Laudato si de “una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y dominio” (n. 11).
Argüir que no se trata de acabar con los ricos sino de trabajar para que todos sean ricos, es aquello que Ignacio de Loyola describía como “engaño grande y de entendimientos oscurados con amor propio”: pues ni siquiera la mitad de la humanidad puede hoy vivir al nivel de los grandes ricos del planeta[1]. La civilización del consumo es antiecológica e infrahumana[2]. Puestos a soñar, a lo Luther King, imaginemos qué pasaría si todos los cristianos del planeta (más de 2000 millones) realizasen una huelga permanente de consumo. Quizá sería la mejor manera de obligar al cambio de nuestro sistema económico.
La conversión ecológica implica recuperar la responsabilidad del hombre sobre la tierra. Por ello, así como la vuelta de la teología hacia los pobres llevó a hablar de una “teología política”, ahora el tema ecológico ha forzado a hablar de una “ecología política” (Razmig Keucheyan). Últimamente se han oído voces que (alarmadas por la destrucción del planeta), criticaban el antropocentrismo de la Modernidad, insistiendo en que el ser humano es solo una pieza más de la tierra (como los gatos o las orquídeas…). En mi opinión, el pecado de nuestra Modernidad no fue el giro antropocéntrico, sino la proclamación de un antropocentrismo autoatribuido en vez de recibido (y recibido como misión y encargo). Con lenguaje más sencillo: que el hombre no sea “el rey de la creación”, no significa que deje de ser responsable de la creación. El relato bíblico sabe que la tierra es “un jardín para cuidar” (Génesis 2), pero también un escenario que debe ser hecho habitable (Génesis 1)[3][4]. Con colorido sudamericano: la tierra es Amazonía, pero es también Altiplano andino.
[1] Y además la dinámica de nuestra sociedad no va hacia el enriquecimiento de los pobres sino hacia el crecimiento de las mayores fortunas:“entre el 18 de marzo, fecha de los primeros confinamientos y el 20 de octubre, los 643 milmillonarios de EEUU. incrementaron sus fortunas en 931.000 millones de dólares”: Le Monde Diplomatique, diciembre 2020, p. 16. En España, al acabar la pasada crisis “el patrimonio de las grandes fortunas subió un 15% y el del 99% restante cayó un 15%” (datos de Oxfam 2015). Los 20 españoles más ricos tienen tanto como el 30% más pobre.
[2] Julio Iglesias cantaba: “siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. La civilización consumista canta: “Siempre hay qué consumir y qué comprar. Al final, las mercancías quedan, los hombres se van. La vida sigue igual”.
[3] El verbo hebreo cabash (Génesis 1,28) significa algo así como “poner el pie”, con la posible ambivalencia de esa expresión castellana: “pisotear”, pero también “hacer habitable”. Curiosamente, el capítulo 2, que describe al hombre como “barro”, no le asigna más tarea que cuidar el jardín. Mientras que el capítulo 1, que describe más bien la bondad del hombre, le asigna esa misión de humanizar la tierra. (Cf. Proyecto de hermano, 73-74).
[4] en 2017, 51 el 2018 y 55 el 2019 (cf. El País, 05.12.2019). Recogeré a continuación algo de lo dicho en el capítulo 10 de Utopía y espiritualidad, 197 ss.