Conversiones para nuestro tiempo

Autor: José Ignacio González Faus

Conversión a los pobres

l título que me propusieron para este número parece apuntar a conversiones no solo personales sino también comunitarias o sociopolíticas. Con razón, porque lo personal y lo comunitario son inseparables: un cambio personal que no explote hacia lo social sólo será una especie de “cirugía estética”. Añadamos que conversión es, en realidad, autorrealización, por esa paradoja tan humana (y cristiana) de que “es en la entrega de la vida como se conquista la vida; para encontrar la felicidad hay que renunciar a buscarla; para encontrarse a sí mismo debe el hombre renunciar a sí mismo, para encontrar el amor hay que renunciar a exigirlo”[1].

1. Conversión a los pobres

He expuesto en otros mil lugares la fundamentación teológica de este imperativo[2]. Baste aquí el viejo consejo repetido en varios textos del primer cristianismo: “si tenemos en común todo lo espiritual, tengamos también en común lo material”. Añadiendo la enseñanza cristiana de la propiedad privada como derecho secundario (supeditado al primario que es el acceso de todos los seres humanos a los bienes de la tierra). Y la dignidad incomparable de todo ser humano por la recapitulación de todos en Cristo.

Dejando la teología, es mejor atender ahora a la praxis cotidiana. Para eso nos pueden ayudar unas expresiones clásicas ignacianas.

  1. Composición viendo el lugar: tener información suficiente sobre la realidad y la intensidad de la miseria. Como ejemplo, recomiendo el libro Hambre, de Agustín Caparrós (que debería ser lectura obligatoria para todas las personas y comunidades cristianas)[3].

2.- Como si presente me hallase: contacto vivo, no mera información leída. Dejarse impactar por esos rostros que son una interpelación. Cuando Lacordaire fundó las Conferencias de san Vicente de Paul, una de las cosas que perseguía era la presencia en (y la experiencia de) aquellos tuguriosdestartalados y aquellas condiciones infrahumanas de vida, que nos dejan intranquilos solo con verlas y soportarlas durante unas horas. Pero: “ojos que no ven, corazón que no siente”.

3.- La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno”. Del rostro al cariño personal y la amistad: a la escucha y acompañamiento de historias y situaciones concretas. Si es que buscamos de veras la amistad con Dios y no solo “cumplir con Él”.

4.- Que venga Dios donde él quiere”: Ban Ki Moon, secretario de Naciones Unidas (2007-2016) informó que cada año mueren de hambre más de 9 millones de personas (unas 25.000 diarias y, de ellas, 9.000 niños).“Que venga Dios donde él quiere”: Ban Ki Moon, secretario de Naciones Unidas (2007-2016) informó que cada año mueren de hambre más de 9 millones de personas (unas 25.000 diarias y, de ellas, 9.000 niños).Aproximadamente una cada cuatro segundos, en un mundo con suficiente comida para que nadie pase hambre. Como dijo J. Ziegler, hoy cada niño que muere de hambre no es una desgracia sino un asesinato.

Pero esos datos están cuidadosamente enterrados, mientras oímos cada día cifras sobre el número de fallecidos por la covid-19, que nos exigen medidas más radicales. El contraste entre ambas informaciones es llamativo: solo se explica porque tememos que la covid puede afectarme a mí y el hambre no. Así acabamos creyendo que es voluntad de Dios acabar con la pandemia del virus, pero no con la pandemia del hambre. A esta le ponemos algunos remedios insuficientes (ONGs) incurriendo en lo que Ignacio llama “segundo binario” de hombres…

  1. El asistencialismo sigue siendo necesario, aunque insuficiente: recha-zarlo como “pseudocaridad cristiana” contraria a la solidaridad es, con terminología de L. Ragaz, rechazar a las enfermeras porque lo que cura son los médicos. Francisco reconoce que “la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar”[4]. Y es evidente aquel proverbio chino: para quitar el hambre mejor enseñar a pescar que dar un pez. Pero mientras dura la enseñanza habrá que dar de comer, para que no se muera el alumno. No sea que acabemos con el hambre… matando a los hambrientos.
  2. Como he dicho otras veces, hoy es imprescindible el diálogo entreteología y economía[5]. Todo cristiano debería acercarse algo al mundo de la economía, aunque solo sea para no comulgar con los sofismas habituales que inculca la mentira establecida: como la llamada “teoría del goteo”[6], o que, si no subimos los impuestos a los ricos, estos invierten creando puestos de trabajo. Pues no: lo que hacen los ricos entonces es especular con ese dinero, o prestárselo al gobierno que lo necesita, para que este les devuelva con intereses lo que ellos debieron darle como impuestos.

Los escritos del papa Francisco están llenos de alusiones económicas que, al menos, ayudan a entender que la economía no es meramente una ciencia matemática sino, ante todo, una ciencia humana; y a comprenderque cuando una medida justa resulta imposible en un sistema, esa es la mejor prueba de que aquel es un sistema injusto[7]. Todo cristiano convertido debe ser partidario de un fuerte sistema fiscal progresivo: porque cristianamente hablando, el derecho de propiedad cesa cuando uno tiene digna y suficientemente cubiertas sus necesidades[8].Esas sugerencias llevan a la segunda de las conversiones pedidas: evocando un título de L. Boff, hoy es evidente que el “grito de los pobres” es inseparable del “grito de la tierra”.





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