Discernir para percibir el paso del Espíritu por nuestra vida, no una vida en abstracto
sino siempre contextualizada en una cultura, supone aprender su lenguaje. La experiencia
más personal del espíritu del Señor Jesús es siempre una experiencia «mística» y por lo
tanto últimamente inefable. Inefable es lo que difícilmente se puede expresar con
palabras, lo que difícilmente se puede decir. Cuando esta experiencia se intenta «decir»
no hay modo de decirla sino es en palabra y esta palabra ya no me pertenece. Se dice en
lenguaje que es lo más nuestro y lo más exterior a nosotros en cuanto que somos lenguaje
y vivimos en él.
Si lo que se «dice» es Espíritu del Señor Jesús, antes que nosotros digamos algo se han
dicho muchas palabras sobre Jesús. Mi decir sobre Jesús viene también mediado por lo
anterior a mi. La experiencia inefable es mía, pero ponerla en palabra cristiana supone
que la «expongo» en un ámbito configurado por una tradición. Tradición que supone todo
lo que hombres y mujeres a lo largo de dos mil años han dicho, sentido, confesado,
sufrido, gozado y celebrado a vueltas con Jesús de Nazaret. Entonces para que mi palabra
sobre el Espíritu pueda ser reconocida como tal tiene que «sonar» en al ámbito de los que
se sienten afectados por el vivir, morir y Vivir para siempre de Él.
Discernir supone por tanto una doble referencia: por una parte poner en «crisis», someter
a «prueba» nuestro decir y sentir sobre Jesús para no caer en una ensoñación y en una
alucinación meramente subjetiva y por lo tanto irreconocible por la comunidad cristiana
y por otra «pleitear» (someter a juicio) nuestro modo de estar en la vida porque el lenguaje
es muchas veces tramposo y enmascarador de la realidad.
Las trampas aparecen cuando en el discernir estamos atentos a una sola zona de la
persona, como por ejemplo «la interioridad», y otras zonas de la realidad las consideramos
«normales» y «naturales», tan normales y naturales que «son así». Son como un suelo
inamovible, espeso y denso sobre el cual acontece la «experiencia espiritual». Discernir
lo normal y natural es discernir nuestra vida cotidiana y estilos de vida. Lo normal y
natural no deja de ser muchas veces una construcción ideológica interesada. Entonces el
lenguaje sobre lo que «es así» ejerce una función encubridora. Podía ser materia de
confesión en muchos ambientes de vida religiosa, por ejemplo, dormirse en la oración y
ser «normal y natural» acudir a comulgar en riguroso orden jerárquico de prestigio,
«sabiduría» y «vano honor del mundo» que diría S.Ignacio de Loyola.
La doble referencia en el discernimiento supone un estar al tanto del «Christus
traditus», el Cristo que se me entrega y que no inventamos en cada generación y al tanto
de nuestros modos de estar en la vida.
P. Tony Catalá SJ
