A partir del Evangelio de Mateo: Mt 9, 14-15
El Ayuno implica fiesta y presencia: el pasaje relata el cuestionamiento de los discípulos de Juan el Bautista sobre por qué los seguidores de Jesús no ayunan. Jesús responde que su presencia marca el cumplimiento del tiempo mesiánico, comparándolo con una boda.
Por lo tanto, la alegría es prioridad: Mientras el «novio» (Jesús) está presente, no cabe el luto ni la penitencia, sino la celebración de la reconciliación entre Dios y la humanidad.
No nos olvidemos que estamos delante del anuncio del final; es decir, Jesús anticipa que vendrá un tiempo de ayuno cuando «el novio sea quitado» (referencia a su muerte y ascensión).
Lo que tiene que quedarnos claro es que este texto redefine la práctica religiosa. El tiempo de espera actual, entre la ascensión y la pascua eterna, no debe basarse en ritos vacíos, sino en: presencia interior que implica, reconocer a Jesús en el «partir el pan». Esta presencia nos lleva al ejercicio de la Justicia social; por lo tanto el ayuno que Dios desea es el compromiso ético: alimentar al hambriento, dar techo al desamparado y romper las cadenas de la opresión.
No podemos instalarnos en lo viejo , no tengamos miedo a lo nuevo. A través de las parábolas del remiendo de tela nueva y los odres de vino, se establece una incompatibilidad radical:
Vino nuevo: Representa la religión del corazón y el amor enseñada por Jesús.
Odres viejos: Representa el legalismo rígido y exterior del judaísmo de la época.
En conclusión: el mensaje central es la necesidad de una renovación total. No basta con reformar lo antiguo; la llegada del Reino de Dios exige que el ser humano se despoje de sus viejas seguridades y adopte una fe activa basada en la caridad y el amor.
