Sobre el ayuno (Mc 2,18-22; Lc 5,33-39; cfr. Is 58,1-12) 14

La alegría de la presencia.

Hoy viernes después de cenizas el evangelista Mateo nos lleva a reflexionar sobre el ayuno cristiano. Nos recuerda que este ayuno no puede quedarse en la formalidad porque se convertiría en una práctica estéril, voluntarista, un viaje a ninguna parte. Cuando el Evangelio se encarna en nuestras vidas se hace novedad; es decir, nos lleva a pasar de la vieja mentalidad a la nueva realidad. Es decir, los discípulos de Juan y los fariseos permanecen en una visión pesimista y centrada en la penitencia (el ayuno esteril); en cambio, el ayuno se enmarca en una nueva realidad donde Jesús anuncia que el Reino de Dios es una fiesta que ya ha comenzado; no es tiempo de luto, sino de boda.

Este texto nos permite comprender cómo el Evangelio tiene que ser para cada uno de nosotros en una alternativa porque el reinado de Dios no es una reforma, sino una ruptura con lo envejecido. No nos olvidemos que los discípulos de Juan el Bautista continúan todavía aferrados a la vieja mentalidad, centrados en la penitencia y en una visión pesimista de la vida; no han descubierto que la fiesta del reinado de Dios ya ha comenzado. Juan no es esposo ni Mesías (cfr. Jn 3,28s).

Si leemos los comentarios de la Biblia de nuestro pueblo, allí se nos dice:  «Jesús procura suavemente, con imágenes, abrir los ojos de los discípulos del Bautista a la nueva realidad. Al mismo tiempo deja entrever el desenlace trágico: «les arrebaten el novio» (15), como arrebatan al Siervo (cfr. Is 53,8). Los amigos del novio deben sacudirse de la tristeza heredada»

La profundidad espiritual de la práctica del ayuno tiene que ser una experiencia honesta que se transforma en un acto de amor y cercanía al Señor Jesús y a los hermanos. El Papa Francisco nos recuerda que el ayuno “consiste en no «avergonzarse de la carne» del prójimo, ayudando a los necesitados, enfermos y ancianos con ternura, evitando la hipocresía de la indiferencia.

Por lo tanto, se trata de ayunar con el corazón. Es decir, se trata de un sacrificio que lleva a amar más a Dios y al prójimo. Todo esto implica despedirnos de todo formalismo estético. Es un ayuno donde brota la bondad que nos lleva al ejercicio del amor y la caridad y se manifiesta en compartir con el hambriento y cuidar a los vulnerables. Además, es un ayuno donde brota la ternura hacia la carne del hermano.

Conviene preguntarnos si“sabemos acariciar al enfermo y al anciano, o si hemos perdido el sentido de la caricia y la compasión, aludiendo a la figura del buen samaritano frente a la indiferencia de los hipócritas” Jesús explica que el ayuno tiene su tiempo; la presencia del Esposo (Jesús) es motivo de alegría, y el ayuno llega cuando Él no está físicamente, enfocado en la lucha espiritual y la espera. 

Nuestra Iglesia nos recuerda que el ayuno debe transformar nuestras relaciones humanas, enfocándose en servir y no mirar hacia otro lado ante el dolor ajeno.

En conclusión, este pasaje de Mateo nos invita a redescubrir el ayuno no como una privación estéril, sino como una preparación para la fiesta del Reino. La verdadera novedad del Evangelio rompe con la «vieja mentalidad» del sacrificio por pura norma y nos introduce en la dinámica del Esposo: una presencia que transforma la tristeza heredada en alegría compartida.

El Evangelio es genial porque nos coloca delante de la espiritualidad de la alegría que no es evasiva, sino profundamente comprometida. Como bien señala el texto y las palabras del Papa Francisco, el ayuno cristiano encuentra su sentido pleno cuando:

Por tanto, ayunar hoy es desocupar el corazón de uno mismo para llenarlo de la presencia del Señor y del cuidado de los más vulnerables, haciendo que nuestra vida sea, verdaderamente, un reflejo del banquete del Reino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *