«El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho / El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. 24 El que quiera salvar su vida la perderá…»

22 Y añadió: —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Condiciones para ser discípulo (Mt 16,24-28; Mc 8,34–9,1) 23 Y a todos les decía: —El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. 24 El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará. 25 ¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él?

Al meditar este texto he sentido que el Espíritu me ha llevado a internalizar la pregunta que hace Jesús: ¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él?.  Realmente, este pasaje es un claro llamado a la conversión interior. Y esta conversión interior significa pasar de una vida centrada en el yo, a una vida descentrada donde nuestro modo de proceder implica acciones de entrega total; es decir, hay que asumir que la entrega total de la vida no es un ideal. No es una metáfora.

Este texto nos permite ver cómo vive el ser humano de hoy. ¿Qué espera el ser humano de hoy, qué tipo de glorias quiere conseguir, qué tipo de dominios queremos conquistar?  Tenemos que recordar que el camino de Jesús a la gloria no pasa por el dominio político ni por las estrategias humanas y entonces ¿Por dónde pasa? Pasa por la humildad y la obediencia al Padre hasta la muerte en Cruz; es decir, los que quieran seguirlo y ser sus discípulos deberán transitar este mismo camino.

¿Cómo traducir este texto en acciones prácticas? ¿Cómo seguirlo? . Creo que estas acciones evidentes pasan por ordenar los deseos y apetitos. Esto significa expandir nuestro corazón purificando el deseo. Si se han dado cuenta, estoy hablando del ayuno. Y qué significa el ayuno: tener hambre de Dios que significa mantener viva la sed de justicia y responsabilidad hacia el prójimo y esto involucra al cuerpo que revela lo que es esencial. Por lo tanto, las condiciones para un ayuno auténtico implican convertirnos desactivando el orgullo. ¿Y cómo se hace? Con fe y humildad. Por tanto, es un tiempo para orar y discernir nuestros afectos.

Creo que cada uno de nosotros somos discípulos de Jesús, pero el ser discípulo implica caminar por este mundo aprendiendo de la vida misma que nos enseña a no despreciar a ningún ser humano; es decir, ser discípulo es necesario no centrar todo en mi persona.  Eso es cansativo, estresante, tóxico. Muchas personas de Iglesia siempre están pendientes sólo en lo individual y nos olvidamos que Jesús es nuestro referente de todas las decisiones que podamos tomar. Por tanto, la conversión que se espera en la cuaresma no es sólo individual, sino comunitaria, sinodal.

No nos olvidemos de lo importante que es mejorar la calidad del diálogo, qué importante es escuchar juntos el clamor de los pobres y de la tierra; por tanto, la cuaresma es un tiempo para buscar la reconciliación. A Dios no le interesan tus pecados, los pecados se los dices al sacerdote. A Dios le interesa nuestra persona y nos invita a transformar la vida desde una sana convivencia que implica el ejercicio de la reconciliación. ¿A quién tengo que perdonar? ¿a quién le tengo que pedir perdón? ¿De qué me tengo que perdonar? ¿Esto implica cambiar el estilo de vida, superando el egoísmo y los apegos mundanos renunciando a la mundanidad que nos lleva a olvidarnos de Dios y del prójimo y muchas veces sólo nos acordamos de Dios cuando lo necesitamos? Eso pasa mucho en las relaciones humanas. Es decir, no entrar en doble vida: voy a Misa, rezo; sin embargo, en la realidad, hablo mal de los demás. Miento para salvar mi imagen. Condeno a los demás porque no son como yo creo que tienen que ser. Me comparo en silencio, juzgo a los demás porque no cumplen los criterios de vida que imponemos, en fin…Me llama cristiano, pero a mi manera, nada de ayunos, nada de rezos.

En conclusión, tenemos que tomarnos en serio la siguiente pregunta: ¿Realmente me quiero salvar como desea Jesús? Entonces, ¿De qué tienes que renunciar para liberarte del individualismo y abrirte al Evangelio o a la Buena noticia?  Qué sano y que consolador es darnos cuenta de que el ir haciendo el camino hacia la vida eterna pasa cuando el Evangelio nos lleva a tener el coraje de dejarnos interpelar por la realidad. Ojalá que nunca desaparezca el deseo de escuchar a Dios que nos habla en la vida misma.

Este Dios que hoy nos recuerda lo que significa ser discípulos nos recuerda que si amas el dinero a lo sumo llegarás a un banco, pero si amas la vida, seguramente llegarás a Dios. Por tanto, la cruz de Jesús se carga en esta tierra, no se queda en los deseos y para que eso se haga verdad hay que dejar de   volar o mejor hay que volar bajo, porque abajo está la verdad, abajo está Jesús, el creador porque abajo está el amor, abajo está el que te libera de todo dolor. Vuela bajo, porque abajo está la luz, esa luz que te señala el camino a la cruz.

En síntesis, la cruz se carga cada día, hay que perder para ganar y que ser decididos para dejar que el Señor convierta nuestro corazón y así seguirle no donde quiero sino donde él quiere que lo sigamos. Entonces la cuaresma no la vivimos porque toca. La cuaresma no es para vivirla con lamentos sino con la sobriedad llena de la paz del Señor Jesús.

¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él?.

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