Autor:Adolfo Mª Chércoles, sj.
¿Qué se encierra detrás de la palabra «afectos» y «deseos» en Ignacio de Loyola? El Padre Cámara dice de él: «Nuestro Padre Ignacio nunca persuadía con afectos, sino con cosas. Las cosas no las ornaba con palabras, sino con las mesmas cosas.» Ignacio fue el hombre que pretendió que nos abriésemos al Espíritu sin abandonar «las cosas», la realidad. Quería que encontráramos a Dios en todas las cosas. Y como es consciente de que los afectos son una energía siempre presente en nosotros y muy decisiva, quiere ordenarlos, pero no eliminarlos, porque una persona sin afectos está muerta.
En muchos momentos la palabra afecto, para Ignacio, es sinónima de deseo. Casi siempre que alude a afectos desordenados se refiere a deseos desordenados. Pero el afecto es más amplio que el deseo, porque abarca también el temor, que es lo contrario al deseo. Los temores son afectos poderosísimos que tienen una fuerza más imperiosa que los mismos deseos. Usa también otras palabras muy relacionadas con los afectos, por ejemplo, las «mociones» buenas y malas, algo que me mueve por dentro. Habla también de «pensamientos». No significan para él ideas o reflexiones, sino algo más rico:
«Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que salen de la desolación.» [314]
No ha descrito ningún pensamiento, pero lo llama pensamiento; es decir, que para Ignacio consolación y desolación son pensamientos profundos, lo que equivale a afectos profundos.
Somos un puñado de deseos y temores.
En el número 1 se da la definición de los EE y se dice que son «…todo modo de preparar y disponer el ánima, para quitar de sí todas las afecciones desordenadas…» El método apunta a algo muy importante: no dar soluciones, sino sólo «preparar y disponer el ánima».
Es como si yo quiero ser torero: puedo comprar el traje y ensayar, etc., pero si no sale el toro, no hay caso. Con este método, a lo más que se llega es a prepararse y disponerse para algo que yo no puedo programar. La aventura de mi encuentro con el Espíritu desde la realidad, no se puede programar, porque ni el Espíritu ni la realidad son programables. La palabra «afecto» está aquí acompañada por la terminología ignaciana de «desordenado». Es lo mismo que decir «deseos desordenados» ¿A qué se refiere este desorden? Es algo que está distorsionado respecto al orden. En la misma finalidad, sentido y estructura de los EE está enclavada la problemática de nuestra afectividad que acentúa el efecto distorsionador del desorden. Somos un puñado de deseos, pero lo importante es cómo están enganchados y dónde.
En el n. 21 habla de «vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por affección alguna que desordenada sea». No es el matiz voluntarista que tantas veces se le ha colgado a Ignacio y que no tiene nada que ver con él. Se trata del problema de si venzo o si soy vencido. No hay termino medio. O soy señor de mí mismo o estoy alienado: «Sin determinarse por affección alguna».
Todos los EE apuntan a buscar lo que Dios quiere de mí. Yo hallo y tengo que optar. El encuentro con Dios, para Ignacio, está en la decisión, en la libertad; pasa por el riesgo. No es meramente pasivo; el encuentro es al mismo tiempo que tremendamente pasivo, una respuesta gozosa y plenificante, totalizante, que no deja nada en reserva y que surge de una acción del Espíritu, pero en la que yo me transformo en respuesta «desde mi libertad y querer». El determinante es la concreción de mi libertad. Mi libertad se determina. No es un concepto vacío, abstracto. Yo soy libre, pero ¿para qué? La persona humana nace indeterminada; se tiene que ir determinando. Y el acierto en esta determinación pasa por lo que llamamos «voluntad de Dios», búsqueda y hallazgo de la voluntad de Dios. Y en este proceso, los afectos tienen un papel decisivo.
