Mt 5, 13-16
Evangelio del día domingo 8 de febrero del 2026
Mt El Evangelio de hoy toca nuestra identidad de creyentes en el Dios de la vida, en Jesucristo y en su Espíritu que nos exhorta a ser sal y luz en el mundo de hoy. En este mundo en que vivimos hay luces y oscuridad.
Hoy Mateo nos sugiere la exigencia del ser discípulos para el mundo terrenal de hoy: ser sal y luz . Con este texto se completan las enseñanzas de las bienaventuranzas y cierran el sermón del monte. Si recordamos desde que éramos pequeños la tradición bíblica ha visto en las propiedades de la sal, sabor y preservación de los alimentos, un símbolo de la sabiduría divina. Mateo hoy nos dice que esta sabiduría es la Palabra de Dios, la Buena Noticia, pero no solamente en lo abstracto o metafórico, sino que ha de estar personificado en la vida de cada creyente: “Ustedes son la sal de la tierra”; es decir, se trata de ser contemplativos en la acción.
Quizá pueden surgir preguntas que nos ayuden a la meditación o a la contemplación; por ejemplo nos podemos hacer las siguientes preguntas ¿Qué estamos haciendo con nuestra fe, nuestras devociones? ¿Nuestro ejercicio católico va de la mano con nuestra vida ciudadana? ¿Cómo captan la luz que irradia nuestra vida cristiana el mundo de hoy? ¿Generamos la unidad entre católicos y no católicos? ¿Cómo va nuestra relación con Dios desde la oración? .
El Papa León XIV nos habla sobre « la oración para la plena unidad visible de todos los cristianos.» ¿Somos sal y luz en nuestras familias? ¿Cómo nos ven los que saben que somos creyentes, somos sal y luz para sus vidas? “.
Este Evangelio nos recuerda que somos católicos, bautizados y en el lugar donde Dios quiere estemos tenemos que ejercer una luz común: ser «sal de la tierra y luz del mundo» Por lo tanto, somos conscientes que existen contextos muy diferentes, y a veces, nos entretienen más los estereotipos sobre la diversidad, sobre todo en la diversidad de espiritualidades.
Ser sal y luz en el mundo de hoy implica crecer en paciencia y en la capacidad de escucharnos unos a otros”. Ser sal y luz nos permite ser personas capaces de generar una unidad sólida y no una unidad llena de formalismos para que nos vean bien. ¿Nos hemos dado cuenta de que vivir en la diversidad de credos, por ejemplo, fortalece nuestra vida espiritual? ¿Qué aprendemos de los que no llevan nuestra misma espiritualidad?
Los comentarios que realiza la Biblia “Nuestro pueblo” nos habla de los discípulos como los referentes de esta sal y luz que Mateo nos recuerda cómo las breves parábolas de la sal y de la luz completan la proclamación de las bienaventuranzas y terminan el exordio del sermón del monte. Estos dos elementos tan necesarios en la vida cotidiana han entrado a formar parte del mundo simbólico de todas las religiones y culturas.
Ser contemplativos en la acción nos lleva a no solo ver sino a mirar la sabiduría de lo pequeño de la vida cotidiana; por ejemplo, la sal tiene la propiedad de sabor y preservar los alimentos. Esta contemplación nos recuerda cómo la Palabra de Dios es la Buena Noticia, no en abstracto, sino personificado en la vida de los creyentes: «Ustedes son la sal de la tierra» (13). Como católicos no podemos ver el mundo cambiante de hoy como territorio enemigo. Es importante darnos cuenta de que del mundo secular es desafiante y es un lugar de misión. Por lo tanto, tenemos que ser sal y luz de la tierra en todas las circunstancias que nos revela este mundo cambiante en todo el sentido de la palabra. No podemos adoptar actitudes defensivas o nostálgicas. Conviene, como decía el Papa Francisco seguir animando la sabiduría de un catolicismo en salida, capaces de dialogar y encontrar nuevas formas de dialogar con humildad y encontrar nuevas formas de predicar el Evangelio en la vida diaria. No podemos, instalarnos exclusivamente en el pasado.
Una gran riqueza es la vida laical que vive desde la experiencia de Dios. Es una gracia de Dios sentirnos movidos a fomentar un servicio fraterno y humilde, cercano a la gente y así comprender el corazón del ser humano y la mujer de hoy.
Si miramos dentro de nuestra Iglesia, vemos que hay mucho por hacer; por ejemplo, los laicos nos damos cuenta cuándo el ejercicio de la vida cristiana está estresado, tímido, a la defensiva, sin ideas. Yo creo que eso pasa cuando desaparece el alma de nuestra espiritualidad que es la oración. Y cuando eso pasa se ven episodios llenos de amargura en donde muchos se sienten atacados por el mundo. Ser sal y luz nos tiene que llevar a asumir que tenemos que predicar al Cristo resucitado en este mundo terrenal y no en otro. No nos olvidemos que la vida católica se vive en un mundo civil o temporal; sin embargo, el ejercicio de nuestra vida cristiana no tiene que alimentar contraposiciones que denigren nuestra fe por una incoherencia que se basa en decir mucho y bonito pero no se nota en la práctica.
El mundo sigue cambiando y ya nos hemos dado cuenta de que este mundo luminoso ha dado ya la espalda a todas las ideologías, sólo reacciona ante el impacto del testimonio. Por lo tanto, sin el testimonio de una vida cristiana seria y consecuente, la Buena Noticia se convertirá en una ideología más; entonces, habrá perdido todo su sabor.
No podemos olvidar que mientras la sal de la tierra sirve para dar sabor y preservar los alimentos. La luz ilumina en la oscuridad. Dar testimonio de Jesús implica la toma de consciencia de que existen exigencias que no podemos sustituir con ningún tipo de inteligencia artificial. Lo de Dios no se encasilla en entrar en una IA que nos saque ya el comentario ya hecho del Evangelio, por ejemplo. Se puede ver cómo se intenta quitarle el sabor y la luz al Espíritu, pero es inútil, nada puede matar al Espíritu del Señor. Tengamos cuidado intentando ganar tiempo para ser muy espirituales, pero sin ejercitamos en la exigencia que pide el Señor.
Como católicos tenemos que dar testimonio en este mundo terrenal y este testimonio requiere efectivamente una manifestación frente a los demás, teniendo como único objetivo en dar Gloria al Padre que está en los cielos y no la presunción personal. Nuestra Misión como cristianos es, en todo momento, vivir con sabiduría y asumir que somos lámparas hechas para alumbrar y no se puede esconder o guardar u ocultarse bajo el cajón o celemín.

Y terminamos este comentario con una pregunta ¿a quienes volvemos invisibles para que no sean sal y luz de la tierra? ¿A quiénes sí les damos todo, aunque no estén preparados para que sean sal y luz . ¿Qué dirá el Señor? .5, 13-16
