Re-hacer la experiencia
La fuerza del mensaje de san Ignacio es llevarnos a esa introversión profunda, a vivir la ley del Espíritu y su “dynamis” irresistible, que nos hará instrumentos más unidos con Dios, efectivos y universales, capaces de colaborar con Cristo y de realizar su voluntad de “conquistar todo el mundo” hic et nunc [EE 95].

Rehacer y repetir en nosotros esa experiencia personalísima de contacto con el Espíritu es, en el fondo, repetir la esencia misma de la experiencia ignaciana. Y esto no puede hacerse de una vez por todas. San Ignacio procura y quiere que, una vez realizada la primera experiencia, no se la considere como un punto final, sino como un primer paso de la experiencia total, que se irá completando durante toda la vida y que debe renovarse en cada momento, de modo que el alma llegue a poder encontrar a Dios cada vez más profundamente en todas las cosas, en los acontecimientos y en las personas que nos rodean y, a través de ellas, en el fondo del propio espíritu.
El mensaje de Ignacio es prepararnos para la conversión a Dios verdadera, íntima y continua. Esta conversión es la base del dinamismo más fuerte y de la universalidad más completa, pues pone a nuestra alma en relación directa con Dios y con toda la Iglesia, y nos introduce en la historia de salvación. (A la escucha del Espíritu – 31.07.75)Confianza más que nunca.
Es ésa la reacción profunda que experimento ante la inconfundible experiencia y la vivencia honda de mi propia pequeñez, unida a un no sé qué de seguridad inconmovible en los diversos cargos de responsabilidad que la obediencia ha ido poniendo sobre mis débiles hombros: la sensación del ‘siempre estoy contigo’ (Jud 6,16), la garantía de parte del Señor, pero que deja siempre la inquietud de que de mi parte… yo me mantenga fiel. Es aquel claro-oscuro de la inseguridad humana, que no puede dudar de la seguridad de la ayuda de Dios (En sus bodas de oro – 15.01.77).

¡Qué obra tan grandiosa la que El pone en mis manos; eso exige una unión de corazones completa, una identificación absoluta. ¡Siempre con El! Y El nunca se apartará! Yo tengo que mostrarle confianza y fidelidad. Nunca separarme de El. Pero la raíz está en ese ‘amor de amistad’ en ese sentirse el ‘alter ego’ de Jesucristo. Con una humildad profundísima, pero con una alegría y felicidad inmensas también. (Apuntes personales, agosto 1965).La oración
Un nuevo nacimiento, una vida nueva, vida de hijos de Dios. Este es el milagro del Espíritu…esto presupone una delicada atención a las voces del Espíritu, una interior docilidad a sus sugerencias y por lo mismo, más todavía, una plena disponibilidad que sólo una sincera libertad de todos y de todo hace posible y eficaz. “El viento sopla donde quiere, y oye su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”
Vivir hoy, en todo momento y en toda misión el ser “contemplativo en la acción”, supone un don y una pedagogía de oración que nos capacite para una renovada “lectura” de la realidad -de toda la realidad- desde el Evangelio y para una constante confrontación de esa realidad con el Evangelio.
Les pido una nueva exigencia: la de buscar, si es necesario, otros modos, ritmos y formas de oración más adecuados a sus circunstancias… y que garanticen plenamente esta experiencia personal de Dios que se reveló en Jesús.
Hoy, más quizá que en un cercano pasado, se nos ha hecho claro que la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, sino que puede debilitarse y hasta perderse, y necesita ser renovada, alimentada y fortalecida constantemente. De ahí que vivir nuestra fe y nuestra esperanza a la intemperie “expuestos a la prueba de la increencia y de la injusticia”, requiera de nosotros más que nunca la oración que pide esa fe, que tiene que sernos dada en cada momento. La oración nos da a nosotros nuestra propia medida, destierra seguridades puramente humanas y dogmatismos polarizantes y nos prepara así, en humildad y sencillez, a que nos sea comunicada la revelación que se hace únicamente a los pequeños.
Así, cuando invito a los Jesuitas y a nuestros laicos a profundizar en su vida de fe en Dios, y a alimentar esa vida por medio de la oración y de un compromiso activo, lo hago porque sé que no hay otro modo de producir las obras capaces de transformar nuestra maltrecha humanidad. El Señor habla de “sal de la tierra” y ”luz del mundo” para describir a sus discípulos. Se saborea y se estima la sal, se disfruta de la luz y se la estima. Pero no la sal insípida ni la luz mortecina.
