Título de Artículo: Conversiones para nuestro tiempo
Autor: José Ignacio Gonzáles Faus
Fuente: Revista Manresa Vol. 93 (2021) pp 263 – 272

No hablaré aquí del tema del “género”, porque requeriría más espacio del que dispongo y no soy el más capacitado para hacerlo. Tampoco basta con esa objeción tan expresiva: “el género es para las cosas inanimadas, el sexo para los seres vivos”. Prefiero ceñir este apartado al escándalo gravísimo de la violencia sexual, al que nos estamos acostumbrando como a la existencia de lluvias o vientos y que, sin embargo, clama literalmente al cielo. Y más cuando su frecuencia no disminuye con el paso de los años12.
En una entrevista radiofónica, oí a la jueza Manuela Carmena que es necesario estudiar bien este problema y pensar cómo arreglarlo. Algo de eso quisiera intentar ahora: porque resulta alarmante la mentalidad de muchos jóvenes en este campo, y el dato de que el problema es igual o mayor en países que consideraríamos más “civilizados”[1]. Todos los varones debemos sentirnos corresponsables, y pedir perdón y ayuda, contra esta lacra tan inhumana.
Debemos reconocer que las medidas habituales (teléfono gratuito e invitaciones a denunciar) son insuficientes. Quizás porque muchas mujeres tienen introyectada una cultura patriarcal persistente, que las lleva a creer que la ira del macho es culpa suya: pues la mujer está hecha para agradar al varón. Presentar una denuncia equivale entonces a reconocerse fracasadas como mujeres. Solo desde una cultura de la gratuidad, donde el amor recibido nunca es mérito propio sino regalo inmerecido, podrá situarse bien una relación de pareja.
En segundo lugar, es hora de suprimir el eufemismo ese de violencia “de género” y hablar claramente de violencia sexual. Pero la sexualidad está tan divinizada en nuestra cultura que todo lo que la empañe un poco parece una auténtica blasfemia. Sin embargo, el asesino no mata a cualquier mujer (por odio al otro género) sino a aquella con la que estaba sexualmente relacionado.
Es hora también de aceptar humildemente que la sexualidad tiene, a la vez, algo de divino y algo de diabólico. Y ya conocemos el aserto latino: “lo pésimo como corrupción de lo óptimo”. La obsesión de nuestra cultura por “inocentar” la sexualidad es errónea, aunque comprensible como reacción contra una obsesión culpabilizadora de la moral eclesiástica (derivada de la exageración de otra experiencia válida: la sexualidad humana necesita buenas dosis de control y motivación para ello). El consumo descontrolado de pornografía en las redes sociales prepara a nuestros jóvenes a ser violentos en este campo el día de mañana.
Otro dato llamativo en estos casos es la conjunción entre crueldad máxima y sinsentido vital. Lo primero se refleja en esos casos que buscan matar a los hijos para hacer sufrir más a la mujer. Lo segundo se visibiliza en algunas reacciones del asesino que luego se suicida a sí mismo, o se entrega a la policía: lo que parece reflejar un grado patológico de dependencia, tan irracional como el de esos terroristas suicidas.
Para complicar más las cosas, por el otro lado, la disfunción eréctil se está convirtiendo en una patología típica de nuestra hora, según muchos sexólogos. Eso parece confirmar que la promesa deslumbrante de lo sexual puede evaporarse cuando se pretende conseguirla por el camino de lo fácil; y llevará a buscar su cumplimiento por caminos deformes. “Hacer el amor” es una expresión preciosa: pero el amor se hace primariamente con los corazones, y solo así puede hacerse también con los cuerpos. Allí donde hay violencia cabe sospechar que nunca hubo una relación sexual con verdadera ternura (aunque nuestro lenguaje hipócrita hable de pareja “sentimental”). Cuando lo de hacer el amor se limita a los genitales, la expresión acaba siendo sinónima de tantos vocablos despectivos y obscenos que designan el mismo acto. Por eso hablé otra vez del amor “hecho polvo”. Y Buda hablaba del intento vano de saciar la sed bebiendo agua salada.
Un último factor que complica el problema es que nos negamos a reconocer la gran diferencia que hay entre la sexualidad masculina y la femenina: el viejo tópico de que la mujer llega a la sexualidad a través de la ternura y el varón debe llegar a la ternura a través de lo sexual. De una mujer maltratada escuché una vez esta confesión: “cuando las mujeres hacemos el amor lo hacemos con todo nuestro ser, los hombres lo hacen solo con su cuerpo”. No generalicemos, pero miremos esos dichos como indicadores de la dirección por donde deberíamos ir.
Raíz de esta complejidad es que todo lo humano, por la evolución, proviene de lo animal y debe ser humanizado y personalizado en nosotros. Ahora bien: la sexualidad animal es totalmente reproductiva y este dato queda, a la vez, superado y mantenido en el ser humano (el célebre “aufgehoben” hegeliano). Eso implica que la sexualidad masculina tiene un funcionamiento espontáneo e inevitable de “estímulo-respuesta”, que constituye el problema o el drama de los varones y que las feministas podrían ayudar a superar, evitando esa mentalidad de que la mujer es más mujer cuanto más activa ese mecanismo espontáneo del macho. La ternura resulta más fácil para la parte que acoge que para la que invade (que además solo puede hacerlo “lanza en ristre” como los caballeros medievales). El verbo “seducir” debería desaparecer de nuestro lenguaje (como también, por el otro lado, el verbo “conquistar”). Si ambos se vieran sustituidos por expresiones como “encuentro” o “regalo”, funcionarían mejor las cosas. Pero parece innegable que cada género ha ignorado la sexualidad del otro género identificándola con la propia.
[1] Según datos de Eurostat (2017), España estaba en séptimo lugar, por detrás de países como Finlandia, Alemania o Francia.