“La paz es fruto de la justicia” (Isaías 32,17). Pero la justicia no se limita a la relación económica entre clases sociales, sino que afecta a la relación entre países y razas. Y a la relación entre países le cuadra aquella “ingenua” frase de Francisco de Asís: “si tuviéramos riquezas necesitaríamos armas para defenderlas”. Ingenua porque su autor quizá no sospechaba que las armas existen no solo para una hipotética defensa sino, sobre todo, para hacer negocio con ellas.

Los países más ricos del mundo son los que más armas fabrican.Y no para defenderse, sino para venderlas a países pobres, impidiéndoles crecer y facilitando las guerras entre ellos. Esta es una de las mayores vergüenzas de nuestro mundo. Los presupuestos del gobierno actual dejan de ser “de progreso” cuando miramos el capítulo de la llamada “defensa”.
Pese a nuestra cacareada “globalización”, Naciones Unidas ha resultado un fracaso clamoroso a la hora de controlar la violencia mundial y reservarse su uso (como hace la autoridad en cada país). Los esfuerzos por un desarme nuclear fracasaron: la amenaza de algún desastre atómico pende sobre nuestras cabezas, como otra espada de Damocles, tanto o más que la amenaza de un desastre ecológico. También aquí rige esa comparación de que preferimos “seguir bailando sobre la cubierta del Titanic”.

Por respeto a esa justicia fuente de la paz, y por molesto que resulte, un cristiano debe clamar que, por condenable que nos parezca la política oscurantista de Irán, ese país tiene derecho a fabricar armas atómicas, mientras tengan esas armas Israel, Estados Unidos y otros países. No vale el argumento de que “nosotros” tenemos derecho a esas armas porque somos “los buenos” y otros países no lo tienen porque “son malos”. Al revés: la mera existencia del armamento nuclear en un país es un “virus” mortal, solo combatible con “confinamiento”: recordemos lo ocurrido entre India y Bangladesh, dos países poblados de hambrientos, que no deberían dilapidar sus escasos bienes de manera tan absurda.

Personalmente podemos sentirnos impotentes ante esta trágica situación. Pero los cambios de mentalidad ayudan acambiar situaciones, aunque muy lentamente. Entidades admirables como el Centre Delàs de Barcelona, apenas llegan a ser una gota de aceite en el mar de la violencia. Pero esa pálida voz podría encontrar en nosotros un altavoz, mediante apoyo y colaboración. Y siempre quedará aquel consejo sabio y desaprovechado de Saramago[1], por meramente simbólico que parezca: “votar en blanco”; no solo abstenerse, pues votar es una obligación democrática, sino dejar claro que partidos que no busquen cambiar la industria armamentista, no contarán con mi voto.
[1] J. SARAMAGO, Ensayo sobre la lucidez, Alfaguara, Barcelona 2004.
co que parezca: “votar en blanco”; no solo abstenerse, pues votar es una obligación democrática, sino dejar claro que partidos que no busquen cambiar la industria armamentista, no contarán con mi voto.
[1] J. SARAMAGO, Ensayo sobre la lucidez, Alfaguara, Barcelona 2004.