La oración del contemplativo
Antes me acordaba, hablando de oración, de que un hombre en un pueblo de Navarra un día decía chascarrillos, contaba chistes, y me dijo: «¿Sabes lo que le pasó a un obispo una vez?» «¿Que le pasó?» «Pues, que fue a una visita pastoral y, después de la visita pastoral, tuvo que ir a otro pueblo; un campesino y un caballo fueron los dos a llevarle a ese otro pueblo, pero según iban yendo empezó a llover y entraron en una zona en que el caballo empezó a hundirse un poco, y el obispo empezó: “San Pedro, ruega por mí, San Juan, San Pablo…”, y le dice el campesino: “Señor Obispo, no siga rezando, que el caballo se va a poner de rodillas y nos vamos a perder”».
Y con esto de la oración, también, uno encuentra comentarios interesantes: a mí me gusta el deporte y los deportistas, sobre todo el fútbol y la pelota, y hace poquísimo (me interesa cuando salen entrevistas), entrevistaron a un futbolista de relieve en un equipo importante de Madrid, y me encuentro con esta reseña: «tiene una fuerte conciencia religiosa». Y ahora, vienen las palabras del futbolista: «la fe es importante, la ayuda de Dios está presente en todos los aspectos de mi vida. Yo, más que pertenecer a una religión, sigo a Dios, y lo hago a través de la Biblia. Me identifico con la iglesia cristiana evangélica, pero no hay que seguir ninguna regla». Realmente me impresionó este testimonio, que me parece que está en la médula misma de la fe cristiana.
Bueno, pues, en primer lugar, después de lo que hemos dicho, Karl Rahner dice, al tratar de la oración y de todas las inquietudes que hay en torno a ella: «antes de tratar de la relación explícita con Dios, debemos educarnos en la experiencia personal de la continua transcendencia de la vida humana, por naturaleza y por gracia, en aquel misterio que llamamos Dios, cuya realidad no sólo se puede aprender desde fuera de nosotros, sino que todo él nos envuelve silenciosamente»; es decir, educarse en esta totalidad de la presencia de Dios en la vida toda. Quiero, pues, dar algunos matices de diferencias entre cómo ora una vocación monástica contemplativa en el monasterio y cómo es la oración del apóstol metido en las realidades de la vida.
En cuanto a la relación sacramental, el cristianismo no puede ser una liberación absoluta de toda expresión religiosa, desde el momento en que es encarnación de Dios en la vida, en la realidad, etc. Entonces, tiene que tener signos que manifiesten, que hagan referencia a que la vida que vivimos no es nuestra, sino es de Otro, viene de Otro. Aquí empieza la significación de los sacramentos.
Estos signos no pueden ser cualquier signo, sino tienen que ser signos muy especiales, que deben significar lo que es ser cristiano, lo que es la vida cristiana; y por eso, si la vida que vivimos, yo creo y profeso que no es mía, que me viene de Otro, tengo que significarlo, tiene que haber signos que realmente signifiquen esa vida que trato de vivir venida de Otro; aquí, en concreto, de Jesucristo.
Por eso, ni sacramentos sin vida ni vida sin sacramentos hablando de vida cristiana, desde el momento que encarna una vida que viene de Jesús, que es Jesús a quien queremos encarnar, con quien queremos encarnar la nuestra. Aquí viene todo el asunto de lo profano, lo sagrado. Lo sagrado, para lo judíos y, en general, por instinto, todos lo concebimos como una realidad en sí misma, algo que en sí es sagrado: lugares, tiempos, prácticas, personas… son sagrados; así, esto significa que está separado, y aun es opuesto a lo profano, a lo que es ya todo no sagrado —la vida humana, etc.—.
Ya hemos dicho que Jesús esto lo borró y puso lo sagrado en el corazón humano, en la actitud humana desde donde se encara la vida toda, donde se comprende la vida toda, desde esa fe en Jesús y en la presencia personal de Dios en Jesús y por Jesús en la vida y en cada uno de nosotros.
Jesús decía que él era el templo verdadero, San Pablo nos dirá a los cristianos «sois templos de Dios», es decir Dios está en nosotros; desde el momento en que se vive esa actitud, la vida será sagrada sea que cocinemos, sea que oremos y sea que nos divirtamos (o sea, si la vivimos así, desde ahí), y será profana aunque vaya a una eucaristía, si la vivimos sin las actitudes que representa esa eucaristía,
Por consiguiente, se trata de signos privilegiados, lo cual quiere decir que no basta cualquier signo que exprese la realidad que aquí está en juego, cuando estamos viviendo desde nuestra fe cristiana; se trata de expresar que la salvación, la vida ya salvada es don gratuito de Dios a cada uno de nosotros, no es simplemente resultado de nuestra aportación humana.
El signo sacramental se somete a algo que le viene dado gratuitamente, que no es producto de nuestra aportación, de nuestra vivencia, de nuestra vida; si la fe se redujera a sola la vida, como realmente ésta no manifiesta que viene de Dios, con lo que significa el que realmente esté radicada en la vida de Dios, se moriría. Entonces, ¿qué son los sacramentos? Yo he encontrado la respuesta, para mí por lo menos más feliz, en estas palabras, cortas palabras, de San León Magno, que dice: «así todas las cosas referentes a Jesucristo, que antes eran visibles [la vida de Jesús], han pasado a ser signos sacramentales. Lo que Jesús vivió con Dios [con los demás, todo lo que fue, apareció, fue visible] ahora ha pasado a ser signo sacramental». Esto quiere decir que en los sacramentos es, está Jesucristo mismo, como se ha dicho muchas veces. Pedro bautiza, pero es Jesús quien bautiza y quien hace hijo de Dios, sigue haciendo hijos de Dios; y lo mismo la eucaristía, que concentra esa vida de Jesús con los signos, símbolos que ha escogido él mismo: la comida, la bebida, pero comida y bebida compartidas en la mesa, etc., que significan lo que trato de vivir, una vida en comunión, una vida compartiendo, una vida comprometida en el amor hasta jugarse, si es necesario, la misma vida. Eso significa la eucaristía. Entonces quiere decir que lo que vivo, lo vivo desde Jesús y con Jesús, y así como comemos para subsistir y esa comida la recibimos de fuera, no la tenemos nosotros, Jesucristo es quien nos hace vivir, recibimos todo el ser, todo el vivir, toda la capacidad de vivir desde fuera, de Jesús; y es eso lo que realmente va a encarnar la vida cristiana. Como alguien dijo, «el que hace de la vida una misa, hará de la misa una vida», el que realmente trata de vivir la misa, vivirá la misa como vida, fuente de vida, porque eso es lo que significa esta relación íntima sacramental, que no son ritos —por desgracia en eso se han convertido con mucha frecuencia—, son signos de aquello a lo que nos hemos comprometido, de la fe que proclamamos, que nos viene de Dios; son signos de todo lo que somos y lo que queremos hacer y vivir para poder realizarnos plenamente como personas. Desde esta perspectiva es desde donde no se pueden separar.
El signo solo, separado de la vida, es la degeneración de mi relación con Dios. Y la vida sola, separada del signo, es la negación de esta relación con Dios, si realmente prescindo completamente de esto.
En definitiva, los sacramentos nos recuerdan que nuestra salvación, nuestra vida es obra de Dios y que por Él estamos viviendo y tratando de vivir. Por medio de los sacramentos realizamos esa salvación en nuestra vida; de ahí viene toda la novedad del culto cristiano. El culto cristiano no es ritual, no esta hecho de cosas sagradas —postraciones, sacrificios, ritos, purificaciones y todo esto que hacían los judíos y se hace en las religiones—, sino que es existencial, es la existencia, pero la existencia proclamada como recibida de Jesús, como vivida desde Jesús; y los sacramentos nos van significando que Jesús sigue haciéndonos hijos de Dios en el bautismo, Jesús sigue siendo el alimento de nuestra vida y el ser de la vida de unos con otros desde ese compartir, esa entrega, ese compromiso hasta morir, etc.; que Jesús sigue perdonando y rehabilitando, sin recurrir para nada al pasado del pecador, para nada, como aparece en el evangelio, donde Jesús libera de pasados a todas las personas, pecadores y pecadoras, etc. Eso tiene que ser y seguir siendo la reconciliación que vivimos en la vida. Así captamos la trascendencia que tiene esta vinculación de vida y sacramentos, que son la vida misma significada con esas características peculiares de la vida de Jesús.
Y desde aquí vamos a ver cuáles son las características de una oración de alguien que se ha consagrado o ha sido llamado a una vocación contemplativa, monástica y de la oración del apóstol.
Una característica es que la oración del contemplativo consiste fundamentalmente en la exaltación de la fe, de una persona, de una comunidad que ha organizado su vida en función de Dios con un marco de vida en que todo le habla de Dios (el monasterio, edificios, las imágenes, las palabras, la música, todo está en ese ambiente que le ayuda a la exaltación de la fe). La oración del apóstol es el grito de la persona que suplica a Dios que se de a conocer, que se manifieste como Dios; vive en un mundo donde Dios no es evidente —la ausencia de Dios—. El contexto de la oración del apóstol es la del salmista («¿dónde está tu Dios?»); no hay que extrañarse de que nuestra oración propia sea ante todo una humilde petición de fe: sí, para entrar en oración necesitamos reconstituir un clima de fe, esa fe de la que tanto hemos hablado ya.
El Padrenuestro en el contemplativo es un Padrenuestro solemne, tranquilo; en Jesús, cuando lo compartió ya al final de su vida, cuando subía a Jerusalén, es una oración que surge como un grito dramático en los conflictos, rechazos y desilusiones que iba viviendo.
Otra característica: la oración del contemplativo se sitúa espontáneamente en la contemplación escatológica, en el término de la historia de la salvación, en las cumbres de las visiones del Apocalipsis; es un canto de esperanza, de acción de gracias del mundo que está ya salvado. La oración del apóstol será, a menudo, la súplica de alguien sobre quien cae el peso de la angustia y del pecado del mundo, en de la solidaridad del mal y del pecado, enfrentado a ellos todos los días, en lo diario insoportable, escandaloso; será la oración de Job, la de Jesús en la cruz, la del salmista —«hasta cuándo nos dejarás en la angustia, dónde estás»—; no duda de la salvación, Jesús en la cruz no duda del Padre, pero le expresa su soledad y su angustia.
Otra característica: la oración del contemplativo puede, a pesar de las dificultades, ser una oración unificada, puede llegar a ser la respiración de una oración unificada, porque está insertada en unos ritmos de vida hechos de trabajo, de vida, constituidos para permitir a la persona respirar, reposar y por tanto orar (trabajo, descanso, oración, etc.). Esos ritmos están organizados en un monasterio; la antigua tradición monástica había logrado una gran armonía entre los ritmos del trabajo agrícola y el ritmo de la oración del oficio litúrgico, de modo que los tiempos de oración a lo largo de la jornada no se programaban como horas de oración, sino más exactamente como pausas de trabajo. La oración era la respiración de la vida. La oración del apóstol hoy ya no es la respiración de una vida unificada; es más bien el jadear de un mundo ahogado, un mundo que ha abandonado los ritmos humanos por los de las máquinas, la técnica, la actividad, la programación, la planificación; un mundo donde es difícil orar porque es difícil respirar, un mundo donde es necesario, por tanto, reencontrar, recrear ritmos humanos que posibiliten la oración; un mundo que hay que salvar de la inhumanidad, de las cadencias de la máquina, al que hay que devolver ritmos humanos, ritmos que no serán del mundo rural pasado, sino ritmos nuevos, compuestos también nuevos para la oración.
La oración del contemplativo acoge la palabra de Dios proclamada solemnemente en su trascendencia y universalidad; en las comunidades apostólicas, la palabra de Dios se lee en la familiaridad de lo cotidiano —como, por otra parte, la pronunció Jesús—, en la intimidad de las conversaciones con sus discípulos, manifiesta la familiaridad, la cotidianidad de la palabra de Dios, su impacto inmediato en la vida diaria. Se llega a un monasterio o a una comunidad carismática y se cambia de mundo y de lenguaje; la oración en las comunidades apostólicas se vive en la búsqueda de las ciudades, con el lenguaje de todos los días. Es una oración en la que conviene que cada uno pueda entrar con sus palabras y sus preocupaciones; de ahí esa necesidad profunda que decíamos de esta experiencia fontal de nuestra fe desde lo que Jesús nos ha manifestado. La originalidad de la vida apostólica es emplazar esta experiencia de Dios en medio del mundo, en la presencia del mundo; por eso la necesidad de radicalismo evangélico en nuestra vida, y de hacerlo visible en un mundo que se inmanentiza borrando toda trascendencia, en un mundo injusto económica, cultural, social y racialmente, en un mundo sexualizado, libertino, individualista, consumista, en fin, todo esto que ya sabemos.
Y para situarnos y responder a esta situación de clamor por la paz, la justicia, los derechos humanos, el empleo, el remedio más eficaz, como hemos dicho antes, es volver al ideal de hombre trazado por Jesús y desarrollado después por Pablo; el hombre del espíritu de Jesús. Aquí esta todo el problema. Y esa actividad, en la que estamos llamados a encarnar el mensaje que queremos dar a los demás, ¿de dónde debe salir para que sea acción de quien vive su vida en esa raíz, desde esa raíz que es Jesús, el Dios de Jesús? Hay una forma equivocada de juzgar la acción: se piensa la acción como exterioridad, como influjo interpersonal o comunitario, o apostólico; sin embargo, la acción debe comenzar por dentro, es algo profundamente íntimo. Toda acción comienza verdaderamente en una actitud, la actitud siempre decisiva para todo lo que estamos diciendo, como estamos en los comienzos de los Ejercicios, en una forma de ser, en una preocupación existencial, en una atmósfera en la que debe surgir el pensamiento y el amor, aquel para ver claro, el amor para potenciar la acción. Es primariamente reposo y receptividad, porque sabe, desde esta fe, que debe brotar desde lo que Dios vaya queriendo que vayamos haciendo en la vida; es receptividad, es escuchar antes, recibir, comprender, contemplar. Es un gran esfuerzo para estar en paz y hacerse cóncavo para los dones que Dios me quiere comunicar para bien de tantos, y ésa es la experiencia en la que San Ignacio puso el punto de partida con todo lo superactivo que había sido.
Sin receptividad, no hay experiencia de Dios; sin acción no hay compromiso evangélico. Lo que pasa es que somos expertos en dicotomizar, en dualizar las realidades, que, sin embargo, están siempre tan vinculadas en toda la historia de la fe. Por consiguiente es tratar de conectar todo mi ser con la fuente interior de verdad y amor que todos llevamos dentro. Se es profundamente activo cuando se trabaja en la afinación interior antes de la realización exterior.
La acción no es un momento intenso sin raíces, sino que parte de unas raíces cuando quiere ser esa acción y encarnación de lo queremos vivir y hacer para los demás.
Esto es lo que nos sugiere esta experiencia de fe y esta experiencia apostólica en nuestra vida.
Termino con estas palabras de Juan Pablo ii a los religiosos y religiosas de Bogotá, de América Latina: «vosotros, que sois expertos en la vida evangélica, escribid con vuestras vidas el evangelio de Jesús en esta tierra y en esta época, haciendo presente a Jesucristo en la múltiple y variada expresión de su amor al Padre y a los hermanos. Que vuestro apostolado sea una consecuencia de vuestro encuentro, seguimiento y configuración con el Señor».