La Aridez de la Oración

LA  ARIDEZ  EN  LA  ORACIÓN

La oración es una fantástica historia de amor. Es la experiencia vivida por dos amantes (Dios y la criatura), propia de un afecto llevado al más alto grado de amistad que acontece en el intercambio de lo que se es y lo que se tiene.

En esta clave de lectura deben leerse determinadas páginas de la Sagrada Escritura: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz  y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap. 3, 20). «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (Jn. 6, 56).

La oración se convierte entonces en iluminación, en sustancioso alimento espiritual que proporciona vigor, fuerza, pasión y solución a todo problema.

Y naturalmente, cada uno de nosotros está llamado a esta maravillosa experiencia.

Ya hemos dicho que, si no tomamos conciencia de estar en presencia de Dios y no aprendemos el silencio interior, nos estamos privando de estas actitudes que son indispensables para entrar en contacto vivo con el Señor.

Sin embargo, aún cuando ya hayamos atravesado los umbrales de la oración, puede sobrevenirnos  en ocasiones una cierta sensación  de apatía, de torpor, de aridez.

Me gustaría hablaros hoy precisamente de la aridez, que es un estado de ánimo bastante penoso. Ante todo, es preciso establecer sus causas, que básicamente yo distinguiría del siguiente modo:

– La aridez provocada por el maligno, que nos hace experimentar una especie de agitación, de tendencia a las realidades más vulgares y sensuales, tristeza o de falta de amor. En tal caso debemos suplicar humildemente al Señor que nos libere de ella; para lo cual no podemos  omitir ni reducir el tiempo de oración, por muy duro que nos resulte, sino que hemos de hacer nuestro, gritándolo si bes preciso, el abandono en la misericordia de Dios. También será muy útil la práctica de la penitencia e incluso previa consulta con el sacerdote confesor, algún tipo de ayuno.

– La aridez puede también derivarse de mi propio comportamiento. Esto es bastante fácil de comprobar. Tal vez lleve algún tiempo relegando a Dios al último puesto, con la excusa de que no tengo tiempo para la oración o de que debo atender a demasiados compromisos pastorales y caritativos. O quizás  he descuidado el ejercicio del silencio interior, de la presencia de Dios. O a lo mejor, en determinadas situaciones, me he comportado como una persona mundana, sin hacer incidir en lo cotidiano las actitudes internas de. Tal vez he puesto mi voluntad, mis proyectos y mis deseos en el centro mismo de mi oración, olvidando invocar al Señor y dejarme interpelar por él. Quizás me haya dejado arrastrar por la curiosidad intelectual, olvidando que no es el mucho saber lo que sacia el alma, sino el gustar, saboreándola internamente, la verdad que me ha impactado.

– Finalmente, la aridez puede ser algo querido por Dios para educarme en la pura fe, es decir, en buscarle a él no tanto por el consuelo que pueda procurarme cuanto por él mismo; por él, más que por sus dones.

En este  caso, si a pesar de la aridez, sigo siendo fiel a la oración, apoyándome exclusivamente en la Palabra divina, entonces el sufrimiento que acompaña a la aridez conferirá a ésta su esplendor y un valor especiales, transformándola en sacrificio de alabanza agradecida a Dios.

Y así podré cantar con el salmista:

«Aunque me encontraré en una tierra desértica y árida, siempre lo alabaré con todas mis fuerzas, porque él es mi Señor y mi Rey» (Salmo 33)

Ahora podemos comprender la importancia de las Escuelas de Oración, que nos ayudan a leer la Palabra escrita en la Biblia, a conocer lo que verdaderamente significa entrar en contacto con el Dios vivo y verdadero, abandonándonos a su designio de amor y salvación, y afrontar con seriedad y valor el largo y fascinante camino de la oración.

El Salmo 30, que ahora recitaremos, hará que cada uno de nosotros descubra la etapa que estamos recorriendo: del fervor a la aridez, y de la tristeza a la súplica, siempre en dirección al sosiego y el gozo de la divina presencia:

«Has trocado mi lamento en danza, mi sayal en túnica de fiesta» (v. 11)

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